jueves, 10 de octubre de 2013

El destructivismo


Algo muy grave está sucediendo en las aulas de la Universidad. Los alumnos somos testigos y víctimas de un método que en la primera media hora de clase ya se revela como erróneo y peligroso.
Los profesores comienzan por afirmar que la enseñanza se ha equivocado durante décadas y que la consecuencia es que los alumnos han recibido del profesor conocimientos que han memorizado sin comprenderlos, sin saber relacionarlos, y finalmente, los olvidan. La solución, por lo tanto, es que el alumno construya sus propias conclusiones y conocimientos gracias a las situaciones que plantea el profesor, en lugar de recibir clases magistrales: de una manera simplista e inocente acabo de definir el constructivismo.


Dada esta premisa, en las clases nos ofrecen ejercicios, apenas palitos y cañas, para que lleguemos desde nuestro "punto cero" actual hasta la meta que ese profesor, erudito en su materia, ve tan sencilla de alcanzar. Se nos examinará sobre esa meta a alcanzar, tanto si llegamos a ella como si no. Es decir, que lo que suceda en nuestras mentes da igual y no afectará a la actitud del profesor ni a las preguntas del examen: hay que saber “esto” y “así”... como siempre.

Y aquí llega el problema extremo que se está generando: cómo deducir cualquier cosa si no tienes ninguna base de conocimiento sólida y estable en la que apoyarte.

Hay varias utopías educativas, que son errores que el dichoso constructivismo señala en su teoría, como construir sobre barro blando, o hacer castillos en el aire, que estamos sufriendo en nuestras carnes y nuestras mentes, debido a que estos animosos profesores se han decidido a hacer de su teoría una realidad en la que nosotros somos conejillos de indias.

No sólo no aprendemos nada, sino que los conocimientos que arrancamos con sudor y lágrimas de los oscuros textos y ejemplos que nos proporcionan se apilan peligrosamente sobre la base inestable que traíamos con nosotros (estos profesores olvidan rápidamente que somos aquellos alumnos que han recibido una enseñanza errónea basada en conceptos de los que hablábamos en la primera clase). Y por supuesto, sin absolutamente ninguna confirmación por parte del profesor al respecto de si son correctos o no, si van en este lado o el otro, etc.
Los procesos lógicos a los que nos someten son tan arduos que somos incapaces de extrapolarlos a otros contextos. Se producen largos silencios en el aula, respuestas torpes, miradas inseguras.



No podemos dar más señales de que el método no funciona y estamos muertos de miedo.

Seguro que estos profesores atribuyen este revuelo a una edad en la que los jóvenes se quejan y “no tienen ganas de trabajar”, que son unos flojos, que les falta experiencia, que... pues permítame, señor profesor, que se lo diga una persona de mediana edad, licenciada y con varios títulos y experiencia laboral a sus espaldas, vamos, por si le dice eso algo, que a saber. Sí: es cierto lo que manifiestan los jóvenes: sufrir este constructivismo tiránico es estresante hasta el punto de provocar síntomas físicos. Palpitaciones, insomnio, nerviosismo, irritabilidad. Constantemente, incluso fuera de clase, tener la sensación de no saber, de ir dando palos de ciego, de ser menos de lo esperado, de tenerlo muy negro para el examen.


Estamos deseando aprender y que nuestros profesores, esos expertos no sólo en la materia sino supuestamente también en didáctica, nos ayuden a afianzar lo que sabemos y enlazarlo con lo que no, en lugar de jugar al gato y el ratón y proporcionarnos horas y horas de sufrimiento con ejercicios que se escapan a nuestras capacidades inmediatas, no a un peldaño sino a varios pisos por encima de nuestras capacidades.
Idealizan estos profesores lo que deberíamos saber, cuando ellos mismos al decir “deberíais saber” ya están expresando que NO lo sabemos. Un buen maestro se haría cargo de esto: le importan sus alumnos, no el método, no la idea fanática de que si no lo hemos deducido nosotros entonces no merecemos saberlo, porque nos hará quién sabe qué terribles daños un conocimiento no adquirido por uno mismo. Un constructivista de éstos que abundan en las aulas nos sonríe dulcemente y nos dice que "pensemos más" o simplemente (caso real) se encoge de hombros y nos acusa de no saber suficiente para su clase. Su exquisita clase, donde los “tontos” como nosotros merecemos su indiferencia, que ya se sabe que el constructivismo es sólo para los listos.

"Basta de jueguecitos, ¡enséñenme algo!"

El problema del constructivismo es que a los profesores no se les enseña a observar y empatizar. Es absurdo, es surrealista, pretender que un alumno alcance conocimientos académicos ni siquiera básicos haciendo ejercicios en un papel y con escaso apoyo. Si así fuera, para qué queremos universidad, si con leer tres textos académicos y comentarlos en clase, o hacer en casa cuatro problemillas de matemáticas para pequeños Einsteins, o resolver al tuntún supuestos de psicología para adivinos ya sabríamos todo lo que hay que saber. Es obvio, tan obvio, que el profesor debe ser un apoyo teórico y práctico constante y un guía activo en estos niveles de enseñanza. Un poco de constructivismo controlado y puntual debe de ser estupendo, pero es evidente que pretender que un alumno llegue a sus propias conclusiones implica un enorme riesgo de que tus expectativas sean erróneas como profesor. Si no estás dispuesto a ajustar el nivel, volver atrás, aceptar lagunas y jugar con el material que realmente hay en tus alumnos, es decir, si no estás dispuesto a saltarte tus rígidas programaciones, ¿de qué sirve el método? Al final estás haciendo lo de siempre. Más enseñanza fría y dolorosa que se olvida conforme se sale del examen.



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